“El humo del infierno ha entrado dentro
dela Iglesia de Dios”.
Papa Paulo VI (Aloc.29/VI/1972).
de
Papa Paulo VI (Aloc.29/VI/1972).
El Concilio, el Novus Ordo Missae y las innovaciones Litúrgicas sin fin
Tomado de la Serie: ¡Cómo
llegó “el ladrón” a la Silla de Pedro!
Documentos,
Testimonios y Mensajes sobre el Concilio Ecuménico Vaticano II.
Así como existe
clara evidencia de la penetración a la Iglesia Católica por Agentes de la KGB y
de la GRU –del Servicio del Espionaje Ruso- se darán a conocer las fuentes por
las que se puede localizar la penetración mundial a la Iglesia Católica por más
de 240,000 agentes rusos. Por ahora pasemos al Punto siguiente:
3. Testimonio del Excmo. Señor Cardenal
Alfons M. Stickler, -Perito en distintas materias- sobre las acciones
diabólicas de la jerarquía masónico-comunista para manipular el Concilio
Ecuménico Vaticano II. A continuación apreciaremos el documento que presenta el
propio Cardenal Stickler:
El Excmo. Sr. Cardenal Alfons M. Stickler denunció los golpes en el C.V.II
Recuerdos de un
perito del Concilio Vaticano II
El Concilio, el Novus Ordo Missae y las innovaciones Litúrgicas
sin fin
Por el Cardenal Alfons M. Stickler
El Cardenal
Alfons Stickler es prefecto emérito de la Biblioteca Vaticana y sus archivos.
Actuó como especialista, como perito, en la Comisión de Liturgia del Concilio
Vaticano II. Fue elevado al colegio cardenalicio por el Papa Juan Pablo II en
l985. Este ensayo apareció
originalmente en Die heilige Liturgie (Steyr, Austria: Ennsthaler
Verlag, 1997, Franz Breid ed). La presente es
una traducción de la versión en inglés aparecida en diciembre de 1998 en la
revista norteamericana "Latin Mass", llevada a cabo por Thomas E.
Woods, Jr., a pedido del propio Cardenal Stickler.
MI FUNCION EN
EL CONCILIO
- Pido perdón
si comienzo con algunas circunstancias personales, pero lo he considerado
necesario para una mejor comprensión del tema que debo abordar. Fui profesor de
Derecho Canónico e Historia de las leyes de la Iglesia en la Universidad
Salesiana y, durante 8 años, desde 1958 a 1966, su Rector. Como tal actué como
consultor de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades y,
desde las tareas preparatorias para la implementación de los reglamentos
conciliares, como miembro de la Comisión Conciliar dirigida por ese dicasterio.
Además, fui nombrado perito de la Comisión para el Clero.
Poco antes del
comienzo del Concilio, el Cardenal Larraona, de quien yo había sido alumno en
la Laterana y que había sido nombrado prefecto de la Comisión Conciliar para la
Liturgia, me llamó para decirme que había sugerido mi nombre para perito de esa
Comisión. Objeté que ya me hallaba comprometido para otras dos, como perito
conciliar, sobre todo para la de seminarios y universidades.
Pero él insistió en que un canonista debía participar debido a la
significación del derecho canónico en los requerimientos de la liturgia. Por lo
tanto, y asumiendo una obligación que no había buscado, viví la experiencia del
Vaticano II desde el principio.
En general, la liturgia había sido colocada como el primer tópico en
el orden de los temas a tratarse. Fui nombrado en una subcomisión que debía
considerar los modi de los primeros tres capítulos y tenía también que
preparar los textos que se llevarían al recinto conciliar para discusión y
votación. Esta Subcomisión consistía de tres obispos –el Arzobispo Callewaert
de Gantes, como presidente, el Obispo Enciso Viana de Mallorca y, si no me equivoco,
el Obispo Pichler de Yugoslavia– y de tres peritos: el Obispo Marimort, el
claretiano español Padre Martínez de Antoñana y yo. Pude conocer así, con
claridad, los deseos de los Padres Conciliares así como el sentido correcto de
los textos que el Concilio votó y adoptó.
EL CONCILIO Y
EL NUEVO MISAL ROMANO.
Podrá comprenderse mi asombro cuando comprobé que, de muchos modos, la
edición final del nuevo Misal Romano no se correspondía con los textos
Conciliares que yo conocía tan bien, y que contenía mucho que ampliaba,
cambiaba, y hasta iba directamente contra las provisiones Conciliares. Como
conocía con precisión todo el procedimiento del Concilio, desde las muchas
veces largas discusiones y el proceso de los modi hasta las repetidas
votaciones que llevaban a las formulaciones finales, como también los textos
que incluían las regulaciones precisas para la implementación de la reforma
deseada, pueden ustedes imaginar mi estupor, mi creciente desagrado, y hasta mi
indignación, especialmente con respecto a contradicciones específicas y cambios
que necesariamente tendrían consecuencias duraderas. Por esto decidí ir a ver
al Cardenal Gut, quien el 8 de mayo de 1968 había sido nombrado prefecto para
la Congregación de los Ritos, en reemplazo del Cardenal Larraona, quien había
renunciado a la prefectura de dicha congregación el 9 de enero de ese año.
Le solicité una audiencia en su departamento, que me concedió el 19 de
noviembre de 1969 (aquí quisiera hacer notar, incidentalmente, que la fecha de
la muerte del Cardenal Gut aparece, repetidamente, adelantada un año en las
memorias del Arzobispo Bugnini: 8 de diciembre de 1969, en vez de la correcta,
de 1970).
Me recibió muy cordialmente, a pesar de que estaba visiblemente muy
enfermo, y pude, por así decirlo, abrirle mi corazón. Me dejó hablar sin
interrupción durante media hora, y entonces me dijo que compartía plenamente mi
preocupación. Enfatizó, de todos modos, que la Congregación de los Ritos no
tenía la culpa, ya que el trabajo de reforma en su totalidad había sido
efectuado por un Consilium, que había sido nombrado por el Papa
específicamente con ese fin, y para el cual Pablo VI había elegido al Cardenal
Lercaro como presidente y al padre Bugnini como secretario. Este grupo trabajó
bajo la supervisión directa del Papa.
He aquí que el padre Bugnini había sido secretario de la Comisión
Conciliar Preparatoria para la Liturgia. Como su trabajo no había sido
satisfactorio –había tenido lugar bajo la dirección del Cardenal Gaetano
Cicognani– no fue promovido a secretario de la Comisión Conciliar. En su lugar
fue nombrado Fray Ferdinando Antonelli OFM (más tarde Cardenal). Un grupo
organizado de liturgistas hizo ver a Pablo VI esta postergación como una
injusticia hacia el P. Bugnini, y se las arreglaron para lograr que el nuevo
Papa, que era muy impresionable ante estos procederes, reparara la
"injusticia" nombrando al P. Bugnini secretario del nuevo Consilium
responsable de implementar la reforma.
Estos dos nombramientos, del Cardenal Lercaro y del P. Bugnini, para
lugares clave en el Consilium, hicieron posible que se oyeran voces que
no habían sido oídas durante el proceso del Concilio y, de la misma manera, se
silenciaran otras que sí lo habían sido. Además, el trabajo del Consilium
se llevó a cabo en áreas de trabajo inaccesibles a quienes no fueran miembros
del mismo.
Con el fin de establecer la coincidencia o la contradicción entre las
reglamentaciones del Concilio y la reforma tal cual fue llevada a cabo, veamos
brevemente las instrucciones Conciliares más importantes relativas al trabajo
de reforma.
Las instrucciones generales, que conciernen sobre todo a los
fundamentos teológicos, están contenidas principalmente en el artículo 2 de Sacrosantum
Concilium. Aquí se establecen primeramente la naturaleza terreno-celestial
de la Iglesia, su Misterio, tal como la liturgia debería expresarlo: todo lo
humano debe estar ordenado y subordinado a lo divino; lo visible a lo
invisible; lo activo a lo contemplativo; el presente a la futura Ciudad de Dios
que buscamos. De acuerdo con esto, la renovación de la liturgia debe ir de la
mano con el desarrollo y la renovación del concepto de Iglesia.
El artículo 21 deja asentada la condición previa para cualquier
reforma litúrgica: que hay en la liturgia una parte inmutable, pues fue
decretada por Dios, y partes que pueden ser cambiadas, o sea aquellas que se
introdujeron en el curso del tiempo en forma impropia o han probado ser menos
apropiadas. Los textos y los ritos deben corresponderse con la orden
establecida en el artículo 2, y por esto pueden ser mejor entendidos y mejor
experimentados por el pueblo. En el artículo 23 aparecen sobre todo guías
prácticas que deben ser seguidas para lograr la correcta relación entre
tradición y progreso. Debe emprenderse una precisa investigación teológica,
histórica y pastoral; además, se deben considerar las leyes generales de la
estructura y del sentido de la liturgia, y la experiencia derivada de las
reformas litúrgicas más recientes. Luego, se deja establecido como norma
general que la innovación se puede introducir solamente si un genuino beneficio
para la Iglesia lo demanda. Finalmente, las nuevas formas deben surgir
orgánicamente de aquellas ya existentes.
Conviene señalar las normas prácticas para la tarea de la reforma que
surgen de la naturaleza didáctica y pastoral de la liturgia. De acuerdo con el
artículo 33, la liturgia es principalmente el culto a la majestad de Dios, por
el cual los creyentes entran en relación con Él por medio de signos visibles
que la liturgia usa para expresar realidades invisibles, signos que fueron
elegidos por Cristo mismo o por la Iglesia. Hay aquí un eco vibrante de lo que
el Concilio de Trento ya recomendaba con el fin de proteger su patrimonio del
vacío racionalista e insípido del culto protestante, patrimonio que el Santo
Padre en sus escritos a las iglesias orientales ha caracterizado como su tesoro
especial. Este "tesoro especial" también merece ser una fuente de
alimento para la Iglesia Católica. Se distingue por ser rico en simbolismo, proveyendo
de esa manera educación didáctica pastoral y enriquecimiento, haciéndolo
especialmente adecuado hasta para la gente más sencilla.
El Concilio pidió, una y otra vez, que la reforma se adhiriera a
la tradición.
Todas las reformas, a excepción de la post-conciliar, observaron
esta regla básica
Cuando consideramos que las iglesias Ortodoxas –a pesar de su
separación de la roca de la Iglesia– a través de la expresión simbólica y el
desarrollo teológico que continuamente se incorporaron a su liturgia han preservado
las creencias correctas y los sacramentos, toda reforma litúrgica católica
debería más bien aumentar la riqueza simbólica de su forma de culto en vez de
disminuirla –a veces hasta drásticamente–.
En lo que concierne a las guías prácticas para partes específicas de
la liturgia –sobre todo para lo central, el sacrificio de la Misa– es
suficiente concentrarse en unos pocos puntos especialmente significativos para
la reforma del Ordo Missae.
Para ello, deben enfatizarse especialmente dos directivas Conciliares.
En el artículo 50 se da, primeramente, la directiva de que en la reforma debe
manifestarse más claramente la naturaleza intrínseca de las varias partes de la
Misa y la conexión entre ellas con el fin de facilitar la activa y devota
participación de los fieles.
Como consecuencia, se enfatiza que los ritos deben ser simplificados
pero manteniendo al mismo tiempo fielmente su sustancia, y que ciertos
elementos que habían sido duplicados en el curso de los siglos o agregados de
manera no especialmente oportuna, debían ser nuevamente eliminados; mientras
que otros, que habían sido perdidos con el paso del tiempo, serían restaurados
en armonía con los padres Conciliares hasta donde pareciera apropiado o
necesario.
EL CONCILIO:
ÉNFASIS ESPECIAL EN EL SILENCIO.
En lo que concierne a la participación de los fieles, los varios
elementos de compromiso exterior están indicados en el artículo 30, con énfasis
especial en el silencio necesario en los momentos debidos. El Concilio vuelve a
esto en más detalle en el artículo 48, con una nota especial sobre la
participación interior, a través de la cual la adoración a Dios y la obtención
de la Gracia, juntamente con el sacerdote que ofrece el sacrificio y los demás
participantes, logra sus frutos.
EL LENGUAJE
LITÚRGICO.
El Artículo 36 habla del lenguaje litúrgico en general, y el artículo
54 de los casos particulares de la Misa. Luego de una discusión que duró varios
días, en la cual se discutieron los argumentos a favor y en contra, los padres
Conciliares llegaron a la clara conclusión – en total acuerdo con el Concilio
de Trento– de que el Latín debía ser mantenido como la lengua del culto para el
rito Latino, aunque eran posibles y aún bienvenidos los casos excepcionales.
Volveremos sobre este punto en detalle.
EL CANTO
GREGORIANO.
El artículo 116 habla extensamente sobre el canto gregoriano, haciendo
notar que éste ha sido el canto clásico de la liturgia católica desde el tiempo
de Gregorio el Grande, y que como tal debe ser mantenido. La música polifónica
también merece atención y estudio. Los demás artículos del capitulo VI, sobre
música sacra, hablan del canto y la música apropiados para la Iglesia y la
liturgia, y enfatiza espléndidamente el importante, ciertamente fundamental,
papel del órgano en la liturgia Católica.
El artículo 107 analiza la reforma del año litúrgico, poniendo énfasis
en la afirmación o reintroducción de los elementos tradicionales y reteniendo
su carácter específico. Se enfatiza particularmente la importancia de las
fiestas del Señor y en general del Propium de tempore en la secuencia
anual, en el cual algunas fiestas sagradas debían dejar su lugar para que la
completa efectividad de la celebración de los misterios de la redención no
fuera menoscabada.
Por cierto que estas menciones sobre la reforma litúrgica a la luz de
la Constitución para la Liturgia no son completas en lo que concierne a los
distintos temas considerados ni a cómo fueron tratados. Seleccionaré muchos y
variados ejemplos que parecen necesarios para llegar a una conclusión
convincente.
La Iglesia y la liturgia crecen y se desarrollan juntas, pero siempre
de modo que lo terreno se organice en torno a lo celestial. La misa viene de
Cristo; fue adoptada por los apóstoles y sus sucesores como también por los
Padres de la Iglesia. Se desarrolló orgánicamente con el mantenimiento
consciente de su substancia. La liturgia se desarrolló conforme a la Fe que
está contenida en ella; por esto podemos decir con el Papa Celestino I, en sus
escritos a los obispos Galicanos en el año 422: Legem credendi lex
statuit supplicandi: la liturgia contiene y, en formas adecuadas y
comprensibles, expresa la Fe. En este sentido, el contenido de la liturgia
participa del contenido de la Fe misma y, ciertamente, contribuye a protegerla.
Nunca se ha visto, entonces, en ninguno de los ritos cristianos católicos, una
ruptura, una creación radicalmente nueva – a excepción de la reforma
post-conciliar. Pero el Concilio pidió, una y otra vez, que la reforma se
adhiriera a la tradición. Todas las reformas, comenzando con Gregorio I, a lo
largo de la Edad Media, durante el ingreso a la Iglesia de los pueblos más
dispares con sus variadas costumbres, observaron esta regla básica.
Esta es, incidentalmente, una característica de todas las religiones,
incluidas las no reveladas, que prueba que un apego a la tradición es común a
todo culto religioso, y por lo tanto es algo natural.
No es sorprendente, por lo tanto, que cada
brote herético de la Iglesia Católica haya generado una revolución litúrgica,
como es claramente reconocible en el caso de los protestantes y anglicanos;
mientras que las reformas efectuadas por los papas y particularmente
estimuladas por el Concilio de Trento y llevadas adelante por el Papa San Pío
V, como de las de San Pío X, Pío XII y Juan XXIII, no fueron revoluciones, sino
meramente correcciones insignificantes, alineamientos y enriquecimientos. No
debía introducirse nada nuevo, como el Concilio dice expresamente refiriéndose
a la reforma deseada por los Padres Conciliares, salvo que lo demandara el bien
genuino de la Iglesia.
MULTIPLICIDAD
PRÁCTICAMENTE ILIMITADA
Hay varios ejemplos de lo que la reforma post-conciliar de hecho
produjo, sobre todo, en su mismo corazón, el radicalmente nuevo Ordo Missae.
El nuevo introito de la Misa asegura un lugar destacado a muchas variantes, y
por medio de posteriores concesiones a la imaginación de los celebrantes con
sus comunidades, ha ido llevando a una multiplicidad prácticamente ilimitada.
De cerca le sigue el Leccionario, al cual volveremos en conexión con otro
asunto.
EL OFERTORIO,
UNA REVOLUCIÓN.
Luego de esto viene el Ofertorio, el cual, en sus textos y contenido,
representa una revolución. Ya no aparece como el antecedente del sacrificio
sino, solamente, como una preparación de los dones, con sentido evidentemente
humanizado, lo que nos impresiona como artificioso del principio al fin. En
Italia fue llamado el sacrificio de los coltivatori diretti, esto es, de
la poca gente que aún cultiva personalmente sus pequeñas parcelas de tierra,
mayormente antes y después de su ocupación principal. Debido a los grandes
medios técnicos a disposición de la agricultura, que hoy sólo se pueden obtener
por vía de la industria, para la producción del pan se utiliza muy poco trabajo
del hombre. Desde la arada hasta la cosecha de la cual proceden los granos de
trigo son necesarias muy pocas manos humanas. La substitución de la ofrenda de
los dones para el sacrificio por realizarse es más bien un desafortunado y
anacrónico simbolismo que escasamente puede reemplazar los varios elementos
simbólicos genuinos que fueron suprimidos.
Se hizo también tabula rasa con los gestos altamente
recomendados por el Concilio de Trento y solicitados por el Concilio Vaticano
II, como también muchas Señales de la Cruz, besos al altar y genuflexiones.
EL SACRIFICIO.
El centro esencial, la acción sacrifical en sí misma, sufrió un
perceptible desvío hacia la Comunión, habiendo sido el Sacrificio de la Misa en
su totalidad transformado en una comida Eucarística, mientras que en la conciencia
de los creyentes los componentes integrantes de la Comunión reemplazaron al
componente esencial del acto transformador del sacrificio. El cardenal
Ratzinger también ha determinado expresamente, en referencia a las más modernas
investigaciones dogmáticas y exegéticas, que es teológicamente falso comparar
la comida con la Eucaristía, lo que ocurre prácticamente siempre en la nueva
liturgia.
Con esto el terreno queda preparado para otro cambio esencial: en
lugar del sacrificio ofrecido por un sacerdote ungido como alter Christus
viene la comida comunitaria de los fieles convocados bajo la presidencia del
sacerdote. La intervención de los cardenales Ottaviani y Bacci persuadió al
Papa de trastocar la definición que confirmaba este cambio en el Sacrificio de
la Misa, por lo que fue “destruida” por orden de Pablo VI. La corrección de la
definición, de todos modos, no resultó en ningún cambio en el propio Ordo
Missae.
CELEBRACIÓN VERSUS
POPULUM.
Estos cambio del corazón del Sacrificio de la Misa fueron confirmados
y estimulados por la celebración versus populum, una práctica que
anteriormente había sido prohibida y que era una marcha atrás de toda la
tradición de celebración hacia el Este, en la cual el sacerdote no era la
contraparte del pueblo sino más bien alguien que actuaba in persona Christi,
bajo el símbolo del sol naciendo en el Este.
LA FÓRMULA DE
CONSAGRACIÓN DEL VINO Y EL MISTERYUM FIDE.
Es pertinente señalar un cambio muy serio en la fórmula de la
consagración del vino en la Sangre de Cristo: las palabras Mysterium fidei
fueron eliminadas, e insertadas luego como una exclamación en conjunto con el
pueblo, todo un golpe para la "actuosa participatio".
¿Qué dice expresamente la investigación histórica que el Concilio
ordenó como previa a la realización de cualquier cambio? Que esas palabras
datan de las primeras tradiciones de la Iglesia Romana que nos son conocidas,
que nos fueron transmitidas por San Pedro. San Basilio, quien a través de sus
estudios en Atenas estaba ciertamente familiarizado con la tradición
occidental, dice a propósito de las fórmulas de todos los sacramentos, que no
habían sido escritas en las bien conocidas sagradas escrituras de los apóstoles
y sus sucesores y discípulos, con motivo de la disciplina de secreto que entonces
imperaba, por lo cual los más sagrados misterios de la Iglesia no debían estar
al alcance de los paganos. Dice expresamente, como todos los testigos del
cristianismo que participan de la misma convicción, que además de las
enseñanzas escritas que nos fueron entregadas, tenemos otras que in mysteria
tradita sunt y que datan de la época de los apóstoles; dice que ambas
tienen el mismo valor y que nadie debe contradecir ninguna de las dos. Como un
ejemplo, cita expresamente las palabras por las cuales el pan Eucarístico y el
Cáliz de Salvación son consagrados. ¿Cuáles de los santos nos las han entregado
escritas?
Santo Tomás dice que las palabras ¨mysterium fidei¨ vienen de tradición divina
Todos los subsiguientes períodos de la historia testimonian expresamente
sobre esta herencia histórica en la fórmula de la Consagración Eucarística: el
sacramentario gelasiano –el misal más antiguo de la Iglesia Romana– contiene en
el códice vaticano en el texto original las palabras ¨mysterium fidei",
y no como una adición posterior.
La gente siempre se ha preguntado sobre el origen de estas palabras.
En 1202, Juan, arzobispo emérito de Lyons, preguntó al papa Inocencio III,
cuyos conocimientos litúrgicos eran bien conocidos, si uno debía creer que las
palabras del canon de la Misa que no provienen de los evangelios fueron
transmitidas por Cristo y los apóstoles a sus sucesores. El Papa respondió en
una larga carta de Diciembre de ese año que debemos creer que estas palabras
que no están en los Evangelios fueron recibidas de Cristo por los apóstoles y
de ellos pasaron a sus sucesores. El hecho de que esta decretal (incluida en la
colección de cartas decretales de Inocencio III y que fueron compiladas por
Raimundo de Peñafort por orden del Papa Gregorio IX) no fuera excluida como lo
fueron otras, prueba el prolongado valor otorgado a esta afirmación del gran
Papa.
Santo Tomás habla largamente sobre este tema en la Summa Theologiae
III, q. 78, art. 3, que trata de las palabras de la consagración del vino.
Explicando la arcana necesaria disciplina de la antigua Iglesia, dice que las
palabras ¨mysterium fidei¨ vienen de tradición divina, que fue
entregada a la Iglesia por los apóstoles, haciendo especial referencia a 1 Cor.
10(11) -23 y a 1 Tim. 3-9. Un comentarista se refiere a DD Gousset en la edición de 1939 de MARIETTI:
¨sarebbe un grandissimo errore sostituire un´altra forma eucharistica a
quella del Missale Romano ... di sopprimere ad esempio la parola aeterni e
quella mysterium fidei che abbiamo dalla tradizione¨. También el Concilio de Florencia, en la bula de unión con los
Jacobitas, añade expresamente la fórmula de la consagración en la Santa Misa,
que la iglesia Romana ha usado siempre fundándose en la enseñanza y autoridad
de los apóstoles Pedro y Pablo.
Uno se extraña de la manera supremamente desdeñosa con la que el
Cardenal Lercaro y el P. Bugnini prescindieron de la obligación de emprender
una investigación histórica y teológica detallada en el caso de un cambio tan
fundamental. Si semejante cosa tuvo lugar a este respecto, ¿cómo habrán
cumplido esta obligación fundamental antes de hacer otros cambios?
La Eucaristía no es sólo el misterio único de nuestra fe, es también
un misterio perdurable, del que siempre debemos permanecer conscientes. Nuestra
vida eucarística de todos los días requiere un intermediario que abrace
completamente este misterio – sobre todo en la edad moderna, en la cual la
autonomía y autoglorificación del hombre moderno se resisten a todo concepto
que vaya más allá del conocimiento humano, que le recuerde sus limitaciones.
Cada concepto teológico se transforma para él en un problema, y la liturgia,
especialmente como soporte de la fe, se vuelve permanentemente objeto de
desmistificación, esto es, de humanizarla al punto de hacerla absolutamente
comprensible. Por esta razón, la desaparición de mysterium fidei de la
fórmula eucarística se convierte en un símbolo poderoso de desmitologización,
un símbolo de la humanización de lo central del culto divino, la Santa Misa.
ACTUOSA
PARTICIPATIO.
Con esto, llegamos a varias falsas interpretaciones -e igualmente
falsas implementaciones- de una demanda central de los reformadores: una
ferviente, activa participación de los fieles en la celebración de la Misa. El
principal propósito de su participación es lo que el Concilio dice
expresamente: el culto a la majestad de Dios (esto no excluye la posibilidad de
que la participación también sea activada dentro de la comunidad).
Sobre todo, esta actuosa participatio fue solicitada como
resultado de la apatía frecuentemente lamentada de los que asistían a misa en
el período preconciliar. Si de la misma resulta un hablar y hacer sin fin, que
permite a todos volverse activos en forma del bullicio y animación que son
propios de toda asamblea humana, hasta los momentos más sagrados del encuentro
eucarístico con el Dios-Hombre se transforman en los más hablados y distraídos.
El misticismo contemplativo del encuentro con Dios y su culto, sin decir nada
de la reverencia que debería acompañarlo, muere instantáneamente: el elemento
humano mata al divino, y llena el alma de vacío y desilusión.
EL IDIOMA DEL
CULTO.
Aquí se debe mencionar un punto más, un decreto del Concilio no
solamente mal entendido sino también completamente negado: el idioma del
culto. Estoy muy al tanto de la discusión. Como experto en la comisión para
los seminarios, me fue confiada la cuestión de la lengua latina. Demostró ser
breve y concisa, y luego de larga discusión se la llevó a una forma que
satisfacía los deseos de todos los miembros y estaba lista para ser presentada
en el aula Conciliar. Entonces, en una inesperada solemnidad, el Papa Juan
XXIII firmó la Carta Apostólica Veterum Sapientiae sobre
el altar de San Pedro. De acuerdo a la opinión de la comisión, eso hacía
superflua la declaración del Concilio sobre el latín en la Iglesia (en ese
documento se pronunció no sólo sobre la relación entre la lengua latina y la
liturgia, sino sobre todas sus otras funciones en la vida de la Iglesia.)
Mientras el tema de la lengua de culto era discutida en el aula
Conciliar durante varios días, seguí el proceso con gran atención, como también
las varias redacciones de la Constitución para la Liturgia hasta la votación
final. Aún recuerdo muy bien cómo luego de varias propuestas radicales un
obispo siciliano se puso de pie e imploró a los padres que permitieran que la
cautela y la razón reinaran en este punto, porque de otro modo habría el
peligro de que toda la Misa se celebrara en la lengua del pueblo, lo provocó
que toda el aula estallara en sonoras risas.
Por lo tanto, nunca pude comprender cómo el Arzobispo Bugnini pudo
escribir, a propósito de la transición radical y completa del latín prescripto
al uso exclusivo de la lengua vulgar en el culto, que el Concilio había dicho
prácticamente que la lengua vernácula en toda la Misa era una necesidad
pastoral (op. cit., pp. 108-121; estoy citando del la edición original
italiana).
Por el contrario, puedo atestiguar el hecho que, de acuerdo a la
redacción de la Constitución Conciliar sobre esta cuestión, tanto en la parte
general (art. 36) como en las reglamentaciones especiales para el Sacrificio de
la Misa (art. 54) los padres conciliares mantuvieron una acuerdo prácticamente
unánime, sobre todo en la votación final: 2152 votos a favor y sólo 4 en contra.
En mi investigación para el decreto conciliar sobre el idioma latino, caí en
cuenta de la opinión concurrente de la entera tradición: hasta el Papa Juan
XXIII, todos los esfuerzos en contrario encontraron una actitud claramente
contraria. Consideremos en particular la afirmación del Concilio de Trento,
sancionada con anatema, contra Lutero y el Protestantismo, de Pío VI contra el
Obispo Ricci y el Sínodo de Pistoya; y del Papa Pío XI, que juzgó el lenguaje
de culto de la Iglesia como "non vulgaris”. Y aún esta tradición no
es solamente una cuestión de ritual, a pesar de que ése sea el aspecto
enfatizado siempre; más bien, es importante porque la lengua latina actúa como
una cortina reverente contra la profanación (en lugar de la iconostasis de los
orientales, detrás de la cual tiene lugar la anaphora) y por el peligro de que,
a través de la lengua vulgar, todo el acto de la Misa pueda ser profanado, como
de hecho ocurre hoy en día. La precisión de la lengua latina, además, hace
justicia a los contenidos didácticos y doctrinales de la liturgia en forma
única, protegiendo la verdad de la ofuscación y la adulteración. Finalmente, la
universalidad del latín representa y sostiene la unidad de toda la Iglesia.
PRO
MULTIS.
Por su importancia práctica, me gustaría adentrarme con ejemplos en
las dos razones recién mencionadas. Un buen amigo me hace enviar el Deutsche
Tagepost regularmente. Siempre leo la penúltima hoja, en la que el equipo
editorial, muy laudablemente, da a los lectores la oportunidad de expresar puntos
de vista opuestos en cartas al editor. Una serie continua de dichas cartas se
refería en detalle al "pro multis" del texto latino de la
consagración y con su traducción como "por todos". Una y otra vez se
referían a la filología, la que muchas veces se transforma en el amo en lugar
de ser meramente la ayudante de la teología. Monseñor Johannes Wagner dice en
su "Liturgiereformerinnerugen" (1993) que los italianos fueron
los primeros en introducir esta traducción, a pesar de que él hubiera preferido
la traducción literal de "muchos". Desafortunadamente, nunca he visto
recurrirse a un argumento de primer orden contenido en el Catecismo Romano
Tridentino, que es a la vez teológicamente decisivo y pastoralmente de extrema
importancia. Allí la distinción teológica está claramente enfatizada: el "pro
omnibus" indica la fuerza que la Redención tiene "para
todos". Si uno toma en consideración, de todos modos, el fruto que resulta
de esa salvación a los hombres, la Sangre de Cristo no es efectiva para todos,
sino más bien para "muchos", esto es, para aquellos que aprovechan
sus beneficios. Es correcto entonces aquí no decir para "todos",
puesto que en este pasaje se habla solamente de los frutos del sufrimiento de
Cristo, que alcanzan sólo a los elegidos. Se puede aquí encontrar aplicación
para lo que el apóstol dijo en Heb. 9: 28, que Cristo se sacrificó una sola vez
por los pecados de ¨muchos¨, y la distinción de Cristo mismo: "Oro por
ellos; no oro por el mundo, sino por aquellos que Tú me diste, porque te pertenecen".
Todas estas palabras de la consagración contienen muchos secretos que los
pastores deben reconocer a través del estudio y con la ayuda de Dios.
NOTA DEL MINISTERIO INTERNACIONAL DE DIFUSIÓN PROFÉTICA.- No es difícil ver aquí verdades pastorales de extraordinaria
importancia presentes en los contenidos dogmáticos de la lengua de culto
latina, que inconscientemente (o también conscientemente) quedan cubiertos por
una traducción impropia.
En justicia, hay que abrir la mente en el análisis y darse cuenta que NO era el verdadero Papa Paulo VI quien presidió muchos de los trabajos manipulados por los cardenales y obispos sectarios del grupo infiltrado en la Iglesia con la finalidad de demolerla durante los Trabajos del Concilio.
Paulo VI denunció que era un fracaso el haber convocado al Concilio Vaticano II y haber mundanizado la Iglesia; previamente habían convencido a Juan XXIII de su realización para lograr lo que él pensaba sería el "aggiornamento" de la Iglesia, como una puesta al día; mientras que en la mente de sus organizadores y manipuladores estaba el avanzar en su plan de demolición y golpes contra la Tradición y la celebración del Rito de la Santa Misa o Eterno Sacrificio, se trataba de desplazar el Ordo Missae por el Novus Ordo Missae de corte protestante, razón por la que metieron a la mesa de trabajo respectiva, seis Pastores protestantes y un Rabino judío.

Cuando Paulo VI se dio cuenta de estas turbias maniobras, los cardenales al servicio de la bestia (Ap.13,11-13) secuestraron al pontífice e impusieron un "papa falso", se trataba de un doble del papa Paulo VI cuyas fotografías se han presentado en este documento; así como lo hicieron con Sor Lucía dos Santos, quien había recibido el Tercer Secreto de Fátima que adevrtía al Papa Paulo VI y a todo el Mundo: "Satanás se infiltrará en el seno de la Iglesia; llegará hasta los Más Altos Reinos de la Jerarquía en el Vaticano; y hasta la Silla de Pedro". (Tercer Secreto de Fátima, dado a los 3 Pastorcitos)
Esto se ha cumplido con la llegada del papa judío alemán Joseph Karl Ratzinger, Benedicto XVI; seguido del "ecumenista y modernista Francisco" en el 2013.
Las Profecías del Apocalipsis en el Nuevo Testamento y las de Daniel, en el Antiguo Testamento se están cumpliendo.
El cinismo de Benedicto XVI siguiendo las consignas del Priorato de Praga al que pertenece y al Priorato de Sión, parecen no haber sido descubiertas ante los fieles, sacerdotes y jerarcas de buena Fe que son fieles a Jesús y a la Virgen María, Reina y Madre de la Iglesia, pues promovió, junto con su grupo infiltrado hasta los más altos reinos de la jerarquía, que pugnaran por continuar con las metas del Concilio Vaticano II, y afirmó que eso mismo debería procurar su sucesor.
Hoy en muchas Diócesis en el Mundo, están promoviendo esa continuidad perversa del grupo infiltrado, de querer continuar avanzando con lo que se propusieron en el C.V.II para demoler la Iglesia Católica, hasta que todo se facilite más por la vía del Ecumenismo diabólico y de la corriente Modernista, para suprimir el Eterno Sacrificio, presentar al falso Mesías y recibirlo con aplausos en el Vaticano; y finalmente poder edificar la "iglesia universal" sin Dios de Maitreya Raj Patel.
Paulo VI cometió el error de no escuchar en su oportunidad a la Vidente Sor Lucía dos Santos, y después se percató de que estaba rodeado de cardenales traidores, por eso ha hecho las alarmantes declaraciones que están ahora en su conocimiento; se espera que los jerarcas y fieles abran los ojos y no se presten al juego, defiendan su Fe y desenmascaren y combatan a los usurpadores. Pero con tristeza se ve que millones están dormidos, desinformados e incrédulos, pasará lo profetizado por la Estigmatizada Ana Catalina Emmerick en las "Visiones y Revelaciones completas a la Venerable Ana Catalina Emmerick", Cuaderno Núm. 3 donde se presentan al final, las visiones y profecías respecto de la actitud de los fieles y de los mismos clérigos en torno al renacimiento de la nueva Iglesia de Cristo que no será presidida por Francisco, pues éste es ecumenista y modernista, tal como se aprecia en los testimonios fotográficos.
(Continuará en la Parte III)